Hay un segundo ritual, tan dominicano como el de la luz, que casi nadie discute en público con la misma intensidad: la cisterna vacía. El día en que el agua «no bajó» y hay que decidir si se llena un tinaco con camión cisterna, se espera al próximo turno de la tubería o simplemente se raciona la ducha. Que ese cálculo siga siendo parte de la rutina de miles de hogares —incluso en zonas urbanas y no solo en el campo— revela un problema que rara vez se nombra con precisión: no es que falte agua en República Dominicana, es que la forma de distribuirla no ha sido rediseñada al ritmo en que creció la ciudad.
Un país con agua, pero con una red que no alcanza
República Dominicana no es un país árido. Tiene cuencas, presas y una pluviometría razonable comparada con buena parte de la región. El problema no está, en la mayoría de los casos, en la disponibilidad de la fuente, sino en la infraestructura que debe llevarla de la presa al grifo: tuberías con décadas de uso, presión insuficiente en las zonas altas de los barrios, y una expansión urbana que avanzó más rápido que la red que se supone debe cubrirla. El resultado es un servicio que funciona por turnos —»día sí, día no», o peor, «cuando toca»— en lugar de ser continuo, que es el estándar que promete la ley del sector.
El costo invisible del racionamiento
Cuando el servicio no es confiable, el hogar dominicano promedio termina construyendo su propia infraestructura paralela: cisterna, tinaco, bomba, y en muchos casos, la compra recurrente de camiones cisterna. Eso no es gratis. Es un gasto que no aparece en ninguna factura oficial, pero que sale del mismo bolsillo que paga —o debería pagar— el servicio público. En la práctica, las familias terminan subsidiando con su propio dinero la ineficiencia de una red que no llega de forma constante, mientras el debate público se concentra casi siempre en la electricidad y deja el agua en un segundo plano.
Por qué importa
La falta de continuidad en el servicio de agua no es solo una molestia doméstica: tiene un costo sanitario. El almacenamiento improvisado en tinacos y cisternas mal mantenidos es, según ha documentado repetidamente la salud pública regional, un factor de riesgo para la proliferación del mosquito transmisor del dengue y para la contaminación del agua que finalmente se consume. Es decir, un problema de infraestructura hídrica termina, con el tiempo, convirtiéndose también en un problema de salud pública. Mientras esa conexión no se discuta abiertamente, seguiremos tratando cada brote como un hecho aislado en lugar de una consecuencia previsible.
Qué sigue
Modernizar la red de distribución de agua no es tan visible como inaugurar un tramo de carretera o un puente, y por eso compite en desventaja por la atención pública y presupuestaria. Pero es exactamente el tipo de inversión que, si no se prioriza ahora, sigue trasladando el costo —en dinero, en tiempo y en salud— a los hogares que hoy resuelven con cisterna lo que debería resolver la tubería. X si no sabes seguirá esta conversación.

